Desde aquí, quisiera darte las gracias por dedicarme tus palabras:
Un trozo de papel llegó volando, entró en mi pecho.
¡Noche de perros!
Cuadriculada hoja. Letra redonda, adolescente.
Un desahuciado poema, un borrador pensé.
Tal vez los restos de un inicio malogrado.
Su prematuro intento.
Pero al ir leyendo había sentimiento, contención.
Su sólida expresión: la desnuda revelación de una certeza.
Inaudita lucidez de aquellos versos.
Su determinación serena. El anticipo del dolor.
La interminable herida abierta.
Su soledad desasistida, sin la menor afectación.
Su disección de cirujano experto en la emoción.
La aceptación sin condiciones de la pérdida.
Lo inquietante, lo perturbador de aquel fragmento,
era lo que quedaba por decir.
Palabras emborronadas por la lluvia.
Indescifrable conclusión la de su pena.
En un portal paré por un momento.
A modo de conjuro improvisé, no sé porqué,
la silenciada voz: contrapoema.
Aún te queda mucho tiempo por decir.
Muchos amores que leer y que vivir.
¡Cuéntamelo! ¡Quién si no yo!
¡El que no ves y se alimenta de todos y cada uno de los restos
que va dejando la tristeza!
Tu fiel reflejo: abril de ausencia...
Por más que la noche: caballo desbocado
golpee con su furia de coces y nos hiera;
más firme ha de ser el corazón,
y dulce la mano que acaricie su embestida ciega.
Palpar el dolor es parte de la prueba.
Nadie que lo ha tocado queda indemne,
pero así ha de ser si hablamos de vivir en esta tierra.
Aún hay tiempo.
No dejes que sus granos vuelen y se pierdan.
Si a ti regresan estos versos,
recíbelos como la ofrenda agradecida de un poeta,
que decidió morir en abril, ebrio de ausencias,
a otra poeta que decidió, lo se por el azar: mudo profeta,
vivir en primavera.
Solté el papel
y, llevado por el viento,
tal como vino a mí se fue.
Heraldo blanco de azahar.
Y de la espera.
Celesterrado
Una vez más: muchísimas gracias!
Me ha encantado!